Tal vez desde mi adolescencia, cada tanto me pregunto acerca de la vivencia casi milagrosa que experimento ante los sonidos y las grafias que suelo emitir. Mucho más todavía con las atinadas respuestas que en la mayoría de los casos suelo recibir. ¡Parece que me entienden! Incluso me asusto un poco ante ese fluir que desde mi boca y manos va como infiltrando el entorno. Con justicia podrian pensar que son momentos donde say ganado por cierta locura, dejándome al borde de una desorganización. Cuando me restablezco un poco, vuelto a centrarme discretamente en mi conciencia. Es cuando pienso que lo que les cuento es una especie de mágica animización de un pictograma que anida en mi cuerpo. Desde donde se activa en cierto pneuma pa-roxistico que me va llevando por la vida. A remolque. Por eso me están negadas todas las veleidades de escritor. Aclaro rápi-damente que temo hacer el ridículo, cual viejo extraviado tratando de dejar su impronta. Pero no me dejo caer. Munido con la impulsividad que describo, me la juego. Estos testimonios podrían pensarse como los de alguien que ha sido hablado por muchos otros y, que ahora, los expulsa en pretendida versión poética. Cuentos que fueron garrapateados desde los infortunios y miserias ordinarias de cualquier mortal. Eso sí, con bastante espíritu épico, algo atrevido y confiando en la bondad receptiva de aquellos otros. Sintiéndome inexplicablemente lúcido, aunque solo por escasos momentos. Cuando se me suma cierta alegría y esperanza. De manera que de esa abigarrada composición de recuerdos, emerge una fuerte nostalgia que se retuerce buscando dejar su marca reivindicatoria. Empresa posiblemente vana, pero que insiste. Pretendiendo afincarse en otras memorias para seguir vivas
Esta combinación no existe.
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