Escritos al azar de los viajes y los días, en el intervalo de las distinciones que le otorgaban universidades y gobier-nos extranjeros, los libros reunidos en el tercer volumen de Obras Completas de Jorge Luis Borges abarcan los úl-timos veinte años de su vida. Quizá por eso abundan en revelaciones de índole personal. Salvo Nueve ensayos dantescos (1982), una precisa experiencia de lectura de La Divina Comedia, todas sus páginas reflejan esa circuns-tancia. La serie de relatos de El libro de arena (1975) in-cluye un cuento de amor, acaso el único de su obra; en cierto pasaje de La memoria de Shakespeare (1983) el au-tor imagina un encuentro entre el hombre que él mismo fue y el que será en la vejez; Atlas (1984) es una sensible crónica escrita junto con María Kodama sobre los países que ambos visitaron. Cinco libros de poesía articulan una suerte de progresivo testamento que concluye con "Los conjurados", dedicado a Suiza. "Es curiosa la suerte del escritor -escribió Borges-. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta com-plejidad".
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