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Nuestra época es ambigua -si no hipócrita- con la agresividad. Condena sus excesos y, al mismo tiempo, los celebra. Busca erradicar la conflictividad de los lazos, pero a la vez nos insta a imponer nuestra voluntad sin medir costos. Se la ejerce abiertamente y se la desmiente: el agresivo es siempre el otro. En la clínica psicoanalítica, la agresividad aparece con la misma ambigüedad: se nos consulta por su exceso irrefrenable o por su total ausencia. En unos casos, la agresividad no halla un límite en el dolor del otro, inclinándose hacia la crueldad y la destructividad. En otros, el sometimiento correlativo a su inhibición revela que una cuota de agresividad es fundamental para sostener las tensiones inherentes a todo vínculo. El problema de la agresividad se solapa con el problema del otro. Y en una época que ha desdibujado la alteridad, la agresividad se instala en el centro de nuestra práctica. Entre los márgenes de la propia indefensión y la abolición del otro, la agresividad se despliega o repliega en un territorio cuyas fronteras son inevitablemente inciertas.
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