El rostro de Frida, que pintó a lo largo de toda su corta vida, es uno de los más famosos de la historia del arte. Gravemente herida tras un terrible accidente, y consumida por su apasionada devoción por Diego Rivera, la artista trascendió su sufrimiento a través de la pintura. Con la fuerza de su pincel se enfrentó a sus tormentos para imponerse como mujer y pintora libre. En su estudio de la Casa Azul se liberó del yugo de las vanguardias europeas y de todos los códigos morales y artísticos, y creó una obra impregnada de su historia personal, sus ideales políticos y las tradiciones ancestrales mexicanas. Oscuridad y alegría, amor y violencia, sensualidad e impulso de muerte: su pintura se lee como un oxímoron que lo dice todo sobre la magnética personalidad de esta artista revolucionaria, una de las figuras más fascinantes y poderosas de la historia del arte del siglo xx.
Esta combinación no existe.
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