Nora Strejilevich se propone aquí reivindicar el lugar del testigo, no solo como prueba viviente del horror, de allí su validez en los juicios por crímenes de lesa humanidad y voz imprescindible para la búsqueda de justicia, sino porque es el único que puede dar cuenta al detalle de la figura saturnina de quien devora a sus hijos, figura que se renueva para seguir devorando. El testigo habla en nombre de los que no sobrevivieron, y su relato es matricial, señala la autora, porque es el más cercano al corazón de la experiencia y al legado del horror. Sus testimonios son, entonces, voces indispensables para identificar los mecanismos en los que seguimos atrapados e involucrados.
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