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Vivir juntos es una tarea difícil; por momentos, parece imposible. Necesitamos educar para validar lo emocional y construir una sensibilidad que reponga lo humano en la convivencia. El abordaje de las emociones permite mejorar los vínculos porque ayuda a tejer una trama relacional y a desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar del otro: aprender a percibir el mundo desde su perspectiva, sus pensamientos, comprender sus emociones y circunstancias. Pero la empatía no se limita a conocer lo que le sucede al otro: implica participación e involucramiento frente al problema o la dificultad que lo afecta. Es un sentimiento cultural que se forma, y por eso constituye un aprendizaje social que se desarrolla a lo largo de toda la vida, especialmente en la escuela. Se trata de una comprensión emocional y cognitiva, porque en la vida escolar no pueden escindirse los procesos cognitivo-académicos de los socioafectivos. Necesitamos colocar la afectividad en el centro de la escena educativa. En la escuela se construye un archivo de sentimientos compartidos y palabras para nombrarlos. Aprendemos de otros y con otros. Poner palabras a lo que sentimos tiene un efecto reparador. La apelación es hacia nuestro compromiso como educadores: cómo construir una pedagogía amorosa? Ninguna aplicación tecnológica puede reemplazar la palabra y el gesto humano del docente. La escuela puede impulsar revoluciones afectivas con grandes gestos mínimos, porque somos seres interdependientes y estamos hechos para enlazarnos con los demás.
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