Aunque los recuerdos no varían mucho, el 2018 empieza a quedar cada vez más alejado. “Qué turbio, wacho”, “qué loco que nadie se dio cuenta”, “pobres pibas” o “¿seguirá haciendo lo mismo?”, son algunas de las frases que repetimos hace siete años con mis amigos. Es que Alan era amigo de muchos. Era muy carismático, muy gracioso, muy “amiguero”. Era amigo de los pibes y de las pibas. Sabía un montón de música y de Los Simpsons. De Frusciante y de Pink Floyd. Juntarse con él era reírse a carcajadas de sus delirios, disfrutar de una de las mejores canciones del mundo y tomar alcohol hasta la madrugada. Por eso, por su carisma, su simpatía y su cariño, es que nadie se imaginó que el nombre que aparecería al final de cuatro escraches distintos en Twitter, sería el de él.
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