Instituciones y Patologías del Microfascismo

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El enemigo mayor, el adversario estratégico, es el fascismo cotidiano que está en todos nosotros, el que nos hace amar el poder, ese poder que al mismo tiempo nos somete y explota. Es arduo el combate contra ese enemigo, en un siglo que se sirve de las ficciones por las cuales se muere silenciosamente, entre las tiránicas amarguras de la vida diaria. Pero las fuerzas siempre agitarán el mundo, y el análisis debe intervenir como multiplicador de las formas de esa agitación en nosotros y también multiplicar los efectos de la acción micropolítica erosionando la Verdad, desnudándola, dejándola sin contorno reconocible. Una Verdad sin ropajes, sí que da risa si no fuera por el desperdicio de vidas que siempre la ven vestida.

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Descripción

Hace unos años, jóvenes colegas me invitaron junto a otros psicólogos y psicólogas a transmitir nuestras experiencias en la profesión en el auditorio de Radio Nacional Rosario. Disponíamos de muy poco tiempo, en paneles de tres personas; el proscenio resaltaba en la oscuridad, en mi turno balbucee una historia, demasiada abstinente, muy sobrio mi estado, claudicante mi latido. Pasaron años y pude pensar con otro latido una tarde como otras, qué me enseñó la profesión, y qué economía del don establecía con esa práctica con la que me encuentro y desencuentro, ejerciéndola, recuperándola, pero huye cuando creo atraparla, como Proteo, transformándose. Este ensayo es producto del orden de esa economía de signos que es el análisis, que es inmanencia, que fue y es aquí y ahora, en mi tránsito por instituciones que me implicaron en sus análisis, que me presentaron analizadores y alguna vez acontecimientos que me obligaron a pensar e intervenir cuando el fascismo cotidiano mostraba el cómo de su presencia. y qué de sus efectos, en cuerpos, en grupos, en sensibilidades, enfermándoles, haciendo que renuncien a la inteligencia del placer y al placer de la inteligencia, impidiendo el encuentro con la risa sobre la Verdad cuyo trabajo es mortificar la carne y el psiquismo. A mayor neoliberalismo, podemos afirmar que hay mayor patología y violencia. Sartre nos recomendaba reconocer al fascismo no por la cantidad de muertos que provocaba, sino por el modo en que los mataba, y aquí podemos pensar ya no en la cantidad de enfermedades que engendra el cotidiano odio hacia el otro y hacia sí mismo (eso es fascismo), sino el modo en cómo enferma ese odio. Entristeciendo, claro está. No es este un texto que intente relatar intervenciones con efectos curativos; sí se pregunta sobre saber existir con uno mismo y con los otros sin el retorno eterno de la pena, sin resentimiento; convocando con intervenciones múltiples a la serenidad no exenta de conflicto, a la concordia consigo mismo, tal lo proponía el viejo Antifón (siglo IV a.C), que es al mismo tiempo sentir la alteridad en el propio cuerpo, el cuerpo vibrante del otro con su diferencia, que persevera en su vida, y por lo tanto en la de otros cuerpos.

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